sábado, 8 de noviembre de 2014

Fal

Crack, crack, crack. Moliendo café. ¡79 y la puta que te parió! A mí me entrenaron para otra cosa.
Esa mañana se celebraba un desayuno de los altos mandos militares. Yo trabajaba en limpieza. Esponja en mano, trataba de sacar las manchas del mantel de plástico de la mesa del comando en jefe del ejército.
Poco a poco, iban cayendo los representantes fundamentales: la crème de la créme.
Limpiábamos como máquinas: primero la mesa, después el suelo, más tarde las ventanas.
Eran las 8:00 A.M. El desayuno estaba previsto para las 10:00 A.M.
Por la ventana se podían mirar la reserva ecológica. Observé como un relámpago sacudía todo el espacio aéreo.
Yo había hecho amistad con Gómez, el otro cadete que se encargaba conmigo de la limpieza del gran salón. Gómez era tartamudo. Éramos dos para una tarea de quince hombres.
El cable de la pulidora se me atravesó entre las piernas, y tuve que hacer un esfuerzo grande para deshacerme de él. Definitivamente, no estaba hecho para este trabajo.
A las 9:00 A.M. llegaron dos tenientes coroneles, uno alto y rubio y otro gordo y morocho. El alto gritó:
-¡Soldado Ordoñez, soldado Gómez preséntense en la explanada!
Salimos a la explanada, nuestras ropas de limpieza se mojaron.
El teniente alto, nos ordenó que subiésemos a un falcon.
El suelo del coche estaba repleto de armas. Había pistolas automáticas, ametralladoras, un fusil fal; y un sinfín de cargadores y municiones.
El oficial gordo tomó el volante. Salimos arando. En la puerta del comando en jefe, los tenientes amartillaron sus pistolas.
Yo miré a Gómez, se notaba en su rostro que estaba asustado.
Avanzábamos a toda velocidad, quemando cubiertas.
-¿Cuál es nuestra misión, teniente? –le pregunté al oficial alto.
- Ya la sabrán en el momento adecuado. Guarden silencio por ahora.
Llegamos a las Barrancas de Belgrano. El coche se detuvo frente a un departamento enorme. El teniente apagó el motor y ambos oficiales se bajaron del auto.
-Tomen un arma cada uno, y no se olviden de llevar municiones- dijo el teniente alto.
Yo no entendía mucho, pero estaba, extrañamente, tranquilo.
Pasé revista a las armas: lo que mejor manejaba era el fusil fal, así que lo tomé.
-Carguen sus armas.
Gómez temblaba. Él había elegido una ametralladora y una pistola automática.
-Su misión es simple: tienen que subir al décimo piso y entrar en el departamento B. Allí encontrarán cuatro hombres, probablemente armados. Tienen que decirles que les traen correspondencia del comando en jefe. Se les ordena aniquilar a esos traidores y volver aquí. Eso es todo.
- ¿Quiequiénes soson eso hohombres? -preguntó Gómez.
- Son traidores de la patria y de nuestra causa. Eso es lo único que necesitan saber ¡Vamos, suban de una vez, carajo!
Salimos a pique, subimos los diez pisos y llegamos a la puerta del departamento B.
Gómez me dijo:
-         Tetengo mimiedo. Volvvolvamos al cococcomando en jejefe.
-         -Son traidores a la patria ¿No escuchaste? Además, esto es más divertido que estar limpiando el salón para los altos mandos.
-         ¿Mamás didivertido? Ees pepepeligroso y cricriminal.
-         -Desde que me alistaron en el ejército quise saber qué se siente matar a un hombre. ¡Acá tenemos cuatro para despacharnos!
-         ¡Esestás loloco! Yo no enentro.
-         ¡Cagón!
Gómez se retiró al rellano de la escalera. Yo toqué el timbre del departamento.
-¿Quién carajo es? –preguntó una voz grave
-Soy un enviado del comando en jefe del ejército, vengo a traerles correspondencia.
El hombre se asomó en mangas de camisa
-¿Cuál es su nombre?
Le vacié medio cargador de 20 rondas en el pecho y lo tomé como escudo humano. Luego, se escucharon muchas detonaciones: la mayoría dieron en el cuerpo inerte del escudo, pero un tiro me dio en el cuádriceps y otro en al abdomen.
Me llené de furia. Largué el cuerpo inerte del tipo que abrió la puerta y afronté al nuevo tirador. Vacié la otra mitad del cargador en su cuerpo.
Me apresuré a cargar el fal. En ese momento, los otros dos hombres tomaron sus armas de la mesa que servía de comedor.
Por suerte, tuvieron mala puntería: los tiros zumbaban cerca de mis oídos. pero una bala me cercenó parte de la oreja izquierda.
Mi sed de sangre estaba en fulgor.
Con el fal ya cargado, apunté a el más bajo de los dos hombres: le metí cinco tiros y me dirigí al último hombre. Este se arrodilló y me dijo:
-¡Perdoname la vida: tengo dinero, contactos, no te hice nada malo: tené piedad!
Le clavé una bala en la sien.
El dolor del abdomen no me dejaba estar en paz, así que tomé de la mesa una botella de ginebra y me tiré en el piso, apoyado contra la pared.
La sangre brotaba a raudales de las heridas.
Intenté tirarme ginebra y buscar la bala con los dedos, pero no la alcanzaba.
Prendí un cigarrillo y me sumí en un pesado sopor.
Mientras tanto, escuchaba ruidos y gritos, pero el cansancio me dominaba.
Desperté esposado a una cama de hospital, lleno de vendajes. Miré a mi alrededor y vi dos oficiales de guardia.
-Mirá, se despertó el hijo de puta.
-Va a estar en la sombra de por vida.
Yo los escuchaba como rumores lejanos. Nada me importaba: había probado la sangre y eso valía cualquier precio.
A la media hora les pregunté:
-¿Pueden convidarme un cigarrillo?
- ¡No se puede fumar acá! Mataste a cuatro militares, asesino.
Me gustaba esa palabra: algo había aprendido de mi adiestramiento. Observé a los oficiales, quienes me miraron con desprecio.
Me dolía el abdomen. Pedí más morfina a la enfermera y me quedé dormido.


6/11/2014
21:42

Clase de literatura Iberoamericana.

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