martes, 23 de septiembre de 2014

La luna se vuelve eléctrica

Todo comenzó siendo una broma: un mentirse a uno mismo y, de paso, metirle a los demás. Era el mes de julio y yo había cortado con mi novia de toda la vida, por lo que decidí clausurar mi perfil: Facundo Astrada. Básicamente, no quería que nadie me hablase, necesitaba estar solo: fumarme un Malboro box entero y pensar, o no pensar. Lo de no pensar es raro, porque cada vez que pensaba en Agustina me llenaba de pesadez, y terminaba imaginando jugadas de lujo para ensayar en los picados de los miércoles; hasta que, finalmente, terminaba boca arriba con la mente en blanco y la colilla del cigarrillo quemándome los labios, en un beso doloroso, pero dulce
Dije que todo comenzó como una broma, y lo repito aun. Como no quería alejarme de todo el mundo, me armé un perfil falso: Maximiliano Molina. M y M.: como los chocolates o como algún superhéroe de Marvel.
Comencé a agregar gente al azar, buscando chicas que estuvieran buenas, y también sumé a mis amigos de antes y a la gente del laburo. No podía estar tan lejos de su vida: tenía que seguirlos de alguna forma que me integrara, aunque solo fuese como simple espía.
También agregué a Agustina y, con desprecio, descubrí como le gustaban los chongos trabados (mi foto de perfil se la robé a uno de esos pelotudos de siete días a la semana en el gimnasio).
Cada vez me gustaba más el nombre Maxi. Casi me lo repetía a mi mismo: Maximiliano, Maxi, Máximo. Incluso un día me sorprendí al darme vuelta cuando escuché que alguien gritaba “Maxi!” en la calle. Juro que pensé que ese grito era para mí.
Después llegó la turbia. Una noche Rafa me llamó y me dijo que tenía 5 lunas en la casa, y que se las tenía que sacar de encima porque la vieja estaba en inspectora y amenazaba con mandarlo de vuelta a la granja. Rafa era mi ahijado de confirmación. Yo quería darle una mano y recurrí a mi doble Maxi para eso.
El primer trabajo fue fácil. Se las vendí a un viejo conocido de la primaria. ¡Cómo había cambiado el hijo de puta! Pensar que en la escuela era el nene de mamá y ahora consumía lunas. Ese primer contacto me trajo más y más clientes. Yo seguía pidiéndole lunas a Rafa, que, por suerte, había logrado zafar un poco de la vigilancia de su vieja. Rafa se las compraba al por menor a un dealer de Constitución.
Lo que había comenzado siendo una broma terminó siendo un negocio, o al menos, un pequeño negocio. Trabajábamos lote por lote: primero fueron de a cinco, después de a diez, incluso llegamos a vender hasta veinte lunas de un saque. Pero una tarde Rafa cayó: lo agarraron manejando borracho con todo un lote de lunas para vender. Lo detuvieron, revisaron el auto y sonó. Por suerte, como todavía tenía diecisiete no lo metieron preso, pero llamaron a la madre, que a los dos días, ya lo había devuelto a la granja.
Todo era una broma, debería haber parado ahí, advertido el aviso, pero seguía manija, y decidí mandarme por mi cuenta. Como mis viejos se habían vuelto para el Uruguay no tenía madre ni padre que me amenazaran con mandarme a la granja a mí también.
Revisé el perfil de Rafa y encontré al dealer. Era un tipo con pelo que parecía un gato muerto y unos bigotes a lo Dalí. Le decían el turco y vivía en la calle Salta en Constitución. Digo que vivía en la calle literalmente; una reposera y una camisa abierta que desplegaba una abundante barriga de cerveza; tomando sol de diez de la mañana a siete de la tarde, con un perro de lanas siempre a su lado. A las siete se guardaba el turco y laburaba desde su casa, con la camisa por fin abotonada.
¿Cómo te llamás, pibe? –me preguntó la primera vez que nos vimos cara a cara.
Respondí por instinto
-Maxi.
- Bueno Maxi, nosotros dos vamos a hacer grandes negocios juntos.
Recuerdo que lo saludé chocándole la mano y salí a pique entre entusiasmado y temeroso.
Eso fue un miércoles. A la noche tenía partido con mis, ahora, ex compañeros de laburo, porque por esos días había renunciado: no podía hacer los dos trabajos al mismo tiempo. Era una cosa o la otra. Todo junto no se puede, como dice el refrán.
Vino el partido y en una jugada un flaco nuevo me tiró “rojo, rojo jugá a la derecha”.. “ qué rojo ni qué carajo –pensé- Yo soy Maxi”.
El pibe venía a  jugar todos los miércoles con una remera del Barça. Y yo llevaba siempre mi nueva casaca del Manchester United. Me caía mal y por eso le pedí a Marce, que era el que organizaba los partidos, que nunca más me pusiera en el mismo equipo con el del Barça. Quería tenerlo como contrincante solamente.
Recuerdo un día en que hice una jugada gloriosa. Recibí desde mi derecha, la pisé, me salió el del Barça a marcar: amaggué a salirle para un lado y se la pisé para el otro: la pelota pasó entre las piernas. Quedé mano a mano con el arquero, y se la piqué. Nunca metí un gol tan lindo.
Todo era una broma, y como un juego. El negocio se volvía fácil: “todo liso” como dicen los pibes de la calle. Nos juntábamos con el turco una vez por semana y programábamos las ventas. Yo me encargaba de repartir los pedidos chicos. Contactaba a los compradores desde mi perfil, arreglaba un lugar de encuentro: el obelisco, el correo central, Corrientes y Callao, y no juntábamos. Les daba las lunas, ellos me pagaban, los sábados me reunía con el turco y me quedaba con el veinte porciento. No podía pedir más.
El turco resultó ser un buen tipo. Le gustaba su música, su moto, su bigote, el sol y su perro. En realidad, el Turco tenía un título de arquitecto, pero la crisis del 2001 lo dejó sin trabajo y tuvo que manejar un taxi. Pero duró poco en el puesto, odiaba tener que rendir cuentas, y sobre todo, me dijo, que le daba por las pelotas no poder fumar en el taxi. Siempre había alguna viaja o un joven de vida saludable que le pedían que apagara el pucho, y el Turco vivía fumando. Así que un día se hartó: le cantó las cuarenta al dueño del tacho y renunció sin más. Como le gustaba la guita fácil, se metió en el negocio de las lunas, en el cual llevaba empleado más de trece años de vida, los mejores que tuvo, según sus palabras.
Cada vez nos volvíamos más cercanos y a veces charlábamos de otras cosas que no fueran el laburo. Incluso un día hablamos sobre la muerte y todo. Me preguntó cómo quería que me recordasen cuando me fuese de este mundo.
-Quiero que en mi entierro haya una pantalla gigante mostrando mis mejores jugadas en un loop interminable.
- Ja, ja, ja. Qué gustos extraños tenés. Yo en mi funeral quiero que me entierren con mi harley, con los redondos a todo lo que da, con vino tinto y putas alrededor – me contestó-. El fútbol se lo dejo para la gilada. River , Boca, Racing, Independiente, San Lorenzo: todo la misma mierda. No puedo entender como eso te hace feliz.
- Seremos distinto –respondí.
- No tan distintos. Los dos vendemos lunas
-Es cierto.
-A propósito tenés un nuevo encargo para la semana que viene: una minita cheta quiere comprar cinco lunas para la Creamfields.
-Es una boludez.
-Sí, a mí tampoco me gusta la música electrónica.
- No, no hablo sobre la Creamfields, que es otra forrada. Digo que venderle cinco lunas a una chetita no tiene muchas complicaciones.
-Obvio que no. Pero Pardo me dijo que la muchacha en cuestión está bien buena, y te la dejé a vos a propósito.
- Ja, ja, ja. Gracias. Después te cuento.
Entonces sonó el portero eléctrico del primero B. Era la mina del turco, yo sabía que cuando ella llegaba me tenía que tomar el pique.
-         Bueno, ya va a ser hora que nos despidamos, tratame bien a la chetita –me dijo.
-         Olvidate. Contalo como resuelto
-Chau Maxi.
-Chau turco, nos vemos.
La verdad es que no había estado con muchas mujeres en esos tres meses desde que corté con Agustina. Sí, me había volteado a un par de minas de boliche, pero eran conquistas de una noche y nada más. Algunas me llamaban después, y era un dolor de cabeza sacármelas de encima. Tenía una fija, Celina se llamaba. Sabía que la podía llamar y garchábamos de una, sin preparativos, sin velas, ni canciones de amor: solo nos tomábamos una luna y cogíamos. Simple: otra broma, otro juego más para la cuenta. Había descubierto el placer de no tomarme las cosas en serio, y no pensaba dejarlo tan fácil.
La entrega era un jueves. Recuerdo que el miércoles anterior había jugado horrible. No pegaba una, estaba clavado como un poste en la cancha, hasta el de Barça me había tirado un par de amagues y me los comí todos. Algo me tenía preocupado, pero no podía ser el trabajo del jueves; o por ahí sí. No sé, siempre me gustaron las chetitas: tan mezquinas, tan lejanas, tan lindas. No eran como con Celina, que era una rollinga con más calle que un tachero. Agustina también era cheta. Familia Bien: Agustina Ayersa. Todavía me acuerdo a los paquetes de los hermanos cada vez que iba a comer a la casa. Siempre mirándome las uñas buscando suciedad. Siempre preguntándome por qué no había seguido con la facultad. Y el padre: ¡la peor basura! Me miraba de abajo a arriba como para encontrar algo mal, y eso que yo siempre me vestía de diez para ir a comer a lo de Agustina. Bueno, mejor olvidar.
El jueves fui al Alto Palermo donde me tenía que encontrar con la chetita. Caigo ahí y me cruzo con Agustina.
-¡Hola Facu! ¿Cómo andás? Tanto tiempo…
- ¡Agus! Estás igual.
-Obvio, pasaron tres meses nomás desde la última vez que nos vimos.
Vacilé, no sabía que responder, y salí con un patético: “-Sí, es cierto”.
-Qué hacés por acá? Nunca te gustó el Alto Palermo.
- Tengo que juntarme con una mina.
-¿Ya me conseguiste reemplazante? ¿Tan rápido?
-No, no. Ja, ja. Tengo que entregar unas cosas que vendí por mercadolibre.
-¿Y como se llama la chica?
-Clara.
Súbitamente, Agustina se puso pálida.
-¿Qué te pasa? –Pregunté- ¿Estás Bien?
- Sí, es raro. Yo me tenía que encontrar también con un chico.
-¿Cómo se llama?
-Maxi.
-Yo soy Maxi.
-Ahh, entonces vos…
- Sí… la Creamfields. Son 500 pesos.
- No lo puedo creer.
-Yo tampoco, pero mejor terminemos esto rápido.
-Bueno pará que busco en la cartera.
Me quedé congelado. ¡Agustina comprando lunas!. ¡Increíble! Estaba entre la tristeza, el desencanto y la soberbia de ver a alguien caer tan bajo. Al ras del suelo, a mi nivel. Casi me compadezco de la pobre, y no le iba a vender las lunas, pero recordé que el turco me iba a matar si no se las pagaba. (Ella seguía revolviendo la cartera).
-Acá tenés. 500 justos.
-Bueno. Suerte Agus, qué las disfrutes.
- Suerte Facu. Nos hablamos.
-Dale, nos hablamos. (hubiera pegado un portazo, pero no había puerta).
Me puse la capucha y me metí en la boca del subte.
De vuelta en casa repasé toda la secuencia: Agustina comprando lunas para la Creamfields y yo, precisamente yo, vendiéndoselas. Me sentí una basura, pero después pensé mejor. Al fin de cuenta era ella la que había comprado, yo solo le había vendido. Rara vez consumo lunas (normalmente solo con Celina), pero sé que son una porquería. Bueno, allá ella si se quería poner loca en una noche de descontrol con algún flaco trabado. Yo estaba bien. Traté de pensar en otra cosa. Me acosté con el cigarro en la cama flasheando jugadas. Antes de que se consumiera lo apagué en el cenicero y me quedé dormido.
Las ventas para la Creamfields fueron sensacionales. Vendimos como mil lunas entre el turco, Walter, Joaquín, Pardo y yo. Pasaron un par de meses y todo seguía tranquilo, el negocio marchaba viento en popa, las lunas se vendían solas, veía a Celina de vez en vez, y todo seguía pareciendo una broma, algo con lo que llenar el tiempo.
Pero vinieron tiempos difíciles: llegado el otoño cayó uno banda de paraguayos que también vendían lunas en Constitución. Las cosas se pusieron ásperas: los paraguayos querían dividir el territorio, pero el turco no quería saber nada de dividir un carajo. Hubo un par de amenazas, y, sin embargo, el turco decidió no darle bolilla y seguir vendiendo como en los viejos tiempos, pero nunca se dio cuenta que todo cambia y que ya las cosas no eran iguales a como las dejamos en la primavera anterior. Fue su error y su sentencia.
Una tarde me llamó al celular y me dijo que me necesitaba para un laburo: Pardo había desaparecido y necesitaba un hombre de campo más para ir a comprarle lunas a un nuevo proveedor.
Como no podía decir que no, me presenté en Carlos Calvo y Tacuarí. El nuevo proveedor trabajaba desde un conventillo en San Telmo. Llevamos la camioneta. El turco entró con  Walter al conventillo y yo esperaba en el asiento del acompañante. Joaquín manejaba.
Algo raro pasaba, el turco se tardaba mucho en salir del conventillo. Entonces sucedió lo peor: llegaron cinco flacos con pasamontañas, chumbos y facas. Joaquín quiso salir rajando con el auto, pero recibió un tiro en el pecho y cayó sobre el volante. Yo me bajé de la camioneta, al tiempo que el jefe de los paraguayos salía del conventillo pateando el cadáver del turco. Era una trampa y nosotros caímos como los mejores pelotudos del mundo. Yo rajé, pero, de repente sentí,  un relámpago de acero que me atravesaba el abdomen. Caí en medio de la calle. Uno de los encapuchados me iba a liquidar con su revolver, pero se bajó el pasamontañas y mostró su cara.!Era Pardo!. ¡Nos había traicionado el hijo de mil puta, y ni siquiera tenía valor para liquidarme del todo! Entre tanto, llegó la yuta y salieron todos corriendo.
Ahora siento un frío increíble. Pienso en Agustina, pienso en las lunas, pienso en Rafa, en el turco, en Maxi (que se va yendo de a poco, dejándole el lugar a Facundo), pienso en Pardo también; pero todo se vuelve borroso. Alcanzo a escuchar una sirena más. Alguien me levanta y me suben a un vehículo. Me ponen una máscara. Apenas puedo respirar, pero, de repente, todo se aclara: recibo desde mi derecha, la piso, me sale el del Barça a marcar: amago a salirle para un lado y se la piso para el otro: la pelota pasa entre las piernas. Quedo mano a mano con el arquero, se la pico y la pelota entra al arco pidiendo permiso.

Martes 23 de Septiembre 3:21 AM


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