domingo, 30 de junio de 2013

Marcin

Marcin

Ya lo saben ustedes, mis amigos. La situación es insostenible. El aire comienza a escasear a medida que pasan los días y ya llevamos varias semanas encerrados en este sótano húmedo y sombrío.
Ruth está enferma, la fiebre sigue subiendo.
Es imposible saber cuánto tiempo hemos pasado escondidos; según mis cálculos, los primeros bombardeos sobre Varsovia cayeron 20 días atrás. ¿Mas, como estar seguro? El tiempo parece ausente en esta ratonera y después del bombardeo todo se ha vuelto borroso en mi memoria. Desde aquel fatídico día, hemos permanecido en las sombras.
Solo medimos las noches porque hace más frío que durante el día; pero, a decir verdad, hace frío todo el tiempo.
Permanecemos en completa oscuridad, tan solo nos visita la tenue luz que se filtra por las rendijas del suelo de madera de la cocina.
Todos tenemos miedo, no lo nieguen, Andrii apenas formula esporádicas palabras. El resplandor de las explosiones, inundó sus ojos y le ha robado las palabras.
Por momentos me consuelo al pensar que difícilmente podamos ser capturados; siempre y cuando permanezcamos aquí.
Por lo demás, nos cuidamos de no hacer ruido alguno, las palabras se ahogan en nuestros labios; incluso las ratas hacen mas alboroto que nuestros pasos o nuestro cansino respirar.
Los últimos días han sido aún más difíciles: los ataques han aumentado y, lejano, llega a nuestros oídos el clamor de la lucha que todavía se libra en las calles.

En cuanto a mí, debo decirles, que no puedo tolerar el encierro siquiera un día más, siento que me asfixio. Mi mente se nubla en las sombras y creo perder la razón, no puedo asegurar si estoy dormido o, acaso despierto mientras escribo estas líneas bajo el reflejo tenue de la luz de las rendijas del techo. El tiempo dirá si es día o sueño esta carta; pues en la desesperanza todo se desvanece.

Por momentos, pierdo el control y camino agitado por el sótano, arañando las paredes en busca de la luz, que se presenta tan esquiva y momentánea. Es entonces cuándo tengo miedo, y grito; pero el sonido de mi voz se pierde en mi garganta, y solo mi espíritu escucha el clamor sordo de mi pena.
Anna se apresura a contenerme y jura que algún día veremos nuevamente la luz del sol brillar sobre el cielo de Varsovia. Por un instante, dormito en sus dulces palabras y veo el sol de mayo brillar sobre la Catedral; pero duró es el sopor al despertar y caer en la cuenta de que nunca abandonaremos este sótano con vida.

La situación es insostenible y me he vuelto redundante a causa del miedo. Estoy enfermo, tengo sed, hambre y frío, el frío de las tumbas que se entromete en nuestros huesos, el frío del alma, el frío del silencio, de la espera y de la muerte.

Mis amigos, he tomado una triste decisión y dejo esta carta en mi cobarde despedida. Cuando despierten ya habré huido del sótano por la noche, no espero que me perdonen, y sepan que yo nunca podré perdonarme. Los dejo, con lágrimas en los ojos y nostalgia el  alma.
Adiós amigos.

Marcin, Varsovia 1939

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